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EL POLVO DE TU ESENCIA

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He encontrado una manera de hacerte desaparecer para revivirte sólo en mis sueños, como una mala pesadilla.

Debía olvidarme de ti. Y decían que sería capaz de lograrlo si me lo proponía, que la vida volvería a ser de color rosa. Pero no me previnieron ante la etapa gris que se avecinaba. Ni siquiera sabían que dejaría de ser dueño de mi voluntad, presa para siempre del miedo a regresar a ti.
Al iniciar la huída pensé que todo serían buenas caras y felicitaciones, pues los que me quieren nunca aprobaron mi decisión de dejarlo todo por ti.

Todavía hoy creo que no fue tan horrible, aunque recuerdo lo infeliz que era cuando me llevabas, a cambio de breves momentos de gloria, al país de las maravillas para dejarme caer en un agujero del que cada vez me costaba más salir. Pero en el camino de mi recuperación sólo encontraba soledad, dolor y oscuridad en este rincón de mis memorias

Aún lucho contra ello(s).
Tu recuerdo sigue intentando arañar resquicios de cada momento para recuperar su trono. Pero ya no hay más espacio para ti.
Debía olvidarte y lo haré. Con otra como tú. Sin el polvo de tu esencia.

Tania A. Alcusón

Este microrrelato ha sido ganador en el certamen de microrrelatos País de Maravillas convocado por la revista cultural El ballet de las palabras.  Ha sido publicado en su número 9 dedicado a Poe y al terror en general.

 
 

Celia… ¡¡Celiaquía!!

Después de dos meses parece que ya van llegando respuestas. Y salud. Y tranquilidad al fin.

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Desde hace unos sesenta días, quizás algo más, mi bajada de peso anecdótica pasó a ser preocupante. Bajaba kilos de manera involuntaria y los comentarios pasaron de ser antes del verano de “vaya tipín que se te está quedando”, a después del verano, “ve al médico porque tienes una mala cara…” o “cuídate, pero ¿estás comiendo bien?”. Claro que, como la de todo el mundo, mi vida no es un camino llano y las propias circunstancias implican un ligero estrés y pérdida de peso cuando las cosas no van como uno quiere. Pero el susto y las primeras visitas médicas comenzaron cuando durante más de una semana el peso no llegaba ni a los 50kg, cosa que con casi 1,70cm y con mis facciones ya angulosas de por sí, resultaba alarmante.
A partir de ahí, sin más datos y con una explicación médica que zanjaba el tema con un cuadro de estrés, que perfectamente se correspondía con una bajada inusual de mi ánimo, todo sonaba de lo más razonable. Se me ofreció retomar medicaciones pero no me pareció necesario, lo consideré todo como una etapa más. Entonces comenzaron las gastroenteritis. Tres en dos meses, ni más ni menos. Ideal para mi peso, para mi ánimo, para mi cansancio y yo, entre tanto, empeñada en darlo todo. Resultaba curioso que, exceptuando la primera en la que los tres habitantes de la casa caímos enfermos, la otras dos sólo fueron cosa mía y, según mi criterio, tan contenta porque sólo consistían en tripa suelta y algún dolor abdominal. La doctora no lo veía tan bien como yo y comenzaron los análisis y las suposiciones.
De la primera gastroenteritis, tras las fiebres y tanto vómito, y aparte de la debilidad generalizada, mi boca también recibió la visita de doscientos mil virus y se llenó de aftas, ampollas y heridas. Y así un mes completo. Con mucho dolor y demasiadas molestias para comer, incluso para dormir. Requirió de otra visita más al médico, yo que nunca voy y si puedo me aguanto con lo que sea hasta que se me pase, ya estoy empezando a familiarizarme con enfermeras, médicos y administración en mi centro de salud.
Y durante todo este tiempo, también dos catarros importantes que me han bajado hasta el pecho. Tampoco es habitual, y junto a las pupas de la boca, hacía que los remedios habituales de gárgaras, o infusiones y cosas calientes no fuesen una opción por el dolor que me suponían. Los ánimos seguían cayendo…
“No vamos a terminar con las visitas hasta que no demos con lo que te pasa” me dijo la doctora en la última visita. Y mira, me resultó tranquilizador que lejos de una apariencia hipocondríaca, el médico también viese una urgencia en lo insólito de mi estado. Pero todo va cobrando ya mucho sentido tras los resultados de los análisis: confirmado que no es ningún problema de tiroides, que todo está correcto (incluso las defensas que creíamos bajas), que hay un principio de anemia (por lo que empezamos a suplementar con hierro) y algo de infección que delata que el cuerpo lucha contra algo. También una velocidad del metabolismo tres veces superior a la habitual que, aunque no es de mayor importancia, indica que el cuerpo está haciendo un trabajo extra por algo que desconocemos.

Entonces la doctora me planteó “¿y si has desarrollado una intolerancia alimentaria? ¿Has oído hablar de la celiaquía?”. Y cada uno de los síntomas que se venían presentando como una individualidad, han cobrado un sentido de unidad que bien podría corresponderse con el cuadro de una enfermedad tan desconocida como extendida: la celiaquía o intolerancia al gluten. Y digo podrían porque los síntomas aún no están nada claros, ya que unos pacientes desarrollan una sintomatología que puede ser contraria a la que otros padecen. Incluso hay enfermos que tienen la enfermedad latente sin presentar apenas molestias.
La enfermedad celíaca consiste en que al ingerirse alimentos con gluten se atrofian las vellosidades del intestino, dando lugar a desórdenes que impiden la absorción correcta de los alimentos. Y esto desemboca en trastornos derivados de falta de nutrientes que afectan a diversos puntos del organismo de manera más inmediata, como podría ser mi caso, y a largo plazo en enfermedades mucho más serias y complicadas del tracto digestivo.
Mi estado de ansiedad y desmotivación por todo, mis úlceras de la boca tan dolorosas, la descomposición tan frecuente de los últimos días, la pérdida de peso tan alarmante, la anemia que me persigue desde que fui mamá e incluso los dolores de cabeza que aparecieron unos meses y que yo justificaba con la lactancia prolongada que mantenemos desde hace veinte meses. Todo parece tener un sentido, una razón de ser, para avisar de que algo va mal. Y gracias a ellos quizás tendré que variar parte de mi dieta y de mis hábitos en general, pero feliz de que al fin vaya habiendo respuestas.

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Aún faltan varias pruebas, entre ellas ecografías abdominales y especialistas de digestivo que tendrán la última palabra, pero sea el resultado que sea, esta situación me ha servido como concienciación ante un problema invisible que afecta a un 6% de la población española con algún tipo de sensibilidad al gluten. Desde luego, si finalmente resulto pertenecer a esa estadística, tengo la suerte de disfrutar entre mis contactos, de personas que podrán y sabrán guiarme en esta nueva perspectiva. Y, por supuesto, hay asociaciones y cientos de artículos para documentarse que bien valen un vistazo. Estoy seleccionando incluso webs de recetas sin gluten, que ayudan a que la comida no sea cara por narices, si no una alternativa a la alimentación que he conocido hasta ahora.

¡Salud para todos!

Tania A. Alcusón

 
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Publicado por en 24 noviembre, 2015 en reflexiones, social

 

EL PODER INMUNDO

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Un vistazo por encima de las gafas mientras la baba le escurre por el labio inferior y la imagen que le devuelve el espejo apenas le provoca algún tipo de turbación. ¡Hay que ser sinvergüenza! Un tipo patético, con las mejillas encendidas de placer, se debate con dedos temblorosos ante el manjar inmundo de codicia e indiferencia que tiene delante. Le gotean hasta el codo las lágrimas de las naderías ajenas, y ni siquiera tiene la deferencia de limpiárselas de encima cuando el servicio le trae el teléfono que debe contestar. Es su obligación.

—Sí… ¡Pero yo soy el poder que representa a la mayoría y las cosas se harán como yo ordene! …Así está dispuesto y así se hará.

Una arcada de quien le sirve mientras vuelve a su agujero. Y el mandamás, a lo suyo, sigue hurgando la comida con sus dedazos en busca de algo más para aplastar entre sus dientes.

Una cucaracha se escapa del plato, buscando inconsciente de ella, un destino menos podrido. Pero nada más lejos. Apenas unos centímetros más allá de las rancias viandas, un manotazo le cae encima con todo el peso de la ley. Ya nada puede hacer.

—¡Me encanta ese sonido tan particular cuando las aplastas!—Y sonríe satisfecho.

Tania A. Alcusón

 
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Publicado por en 2 octubre, 2015 en escenas, microrrelato, social

 

EL CALDERO DE LA FORTUNA

Un sabroso caldo de ideas suculentas rebosaba cada noche su conciencia desde hacía semanas, chisporroteando, cada una de ellas en un caldero humeante.

Aún no sabía cocinarlas de la forma correcta y se le agolpaban a borbotones, a ratos ácidas robándole una sonrisa, a ratos amargas derramándose junto a una lágrima. 
 
El alquimista intuía que la base que iba a dar la consistencia deseada a su caldereta de palabras encadenadas sería una mezcolanza de coherencia apasionada, junto a unos polvos de sonrisa satisfecha. Este toque encandilaría a su público, estaba seguro.
 
Pero con los tiempos bien cumplidos y el repertorio reposado, el momento de su súplica al director del banco se vio arruinado por un vómito repentino y nervioso de palabras inconexas que desataron una carcajada despectiva.
 
El crédito no le fue concedido, como ya venía siendo normal.


Tania A.Alcusón
 
 

NOCHE DE PAZ

Se lamentó maldiciendo su suerte y dio un golpe sobre el mostrador con los billetes. Matías se había quedado atrás de un grupo de pasajeros enfadados que ya se habían marchado al hotel a descansar. Aunque ya llevaba demasiado tiempo en aquel aeropuerto debía intentarlo una vez más.
—Señorita, esto no puede estar ocurriendo horas antes de Nochebuena. Me niego a creerlo. ¿Pero se da usted cuenta de lo que nos está diciendo a escasos tres cuartos de hora de la salida de nuestro vuelo?—exclamaba el anciano mientras tapaba su cara con manos temblorosas—Yo no quiero enfadarme con usted, pero ¡por Dios bendito! ¡El siguiente vuelo no sale hasta dentro de tres días! Quién sabe si ya no saldré de aquí con los pies por delante…
—Lo siento, Matías. Lo siento de veras, pero ahora mismo es la única solución que podemos ofrecerles. Como le dije antes, ninguna otra compañía vuela hoy a San Juan, y según nos informa el mecánico del avión, aún pueden tardar varias horas más en solucionar el problema—. La señorita trataba de mirarle a los ojos, pero el hombre sólo miraba, desconcertado, a través de las grandes cristaleras a los otros aviones que sí salían a sus destinos—. Le doy mi palabra de que en cuanto haya estimación de la salida de su vuelo, se les avisará al hotel para que salgan cuanto antes rumbo a casa. Pero ahora, de verdad, vaya usted a descansar y quédese tranquilo en el hotel, Matías. No podemos hacer más por ahora y probablemente hasta mañana, como mínimo, no podamos ponerles en un avión nuevo. Lo siento mucho…
—No lo entiende señorita… No estoy cansado. Llevo cuatro años ahorrando cada euro que sobra de mi pensión—comenzó a sollozar— para poder ir a visitar a mi familia en Puerto Rico… Poder ver llegar a Papá Noel con los regalos para mis bisnietos y ver sus caras iluminadas. Sueño con los abrazos de mis hijos, de mis nietos, de los hermanos que aún me esperan vivos. ¡Y espero, desde hace cuatro años con la esperanza de aguantar un día más para poder salir de Madrid en un vuelo, con dirección al lugar que aún conserva la cama donde nací, para poder tumbarme de nuevo y morir en paz a mis 75 años!
Diana tragaba saliva sabiendo que ninguna palabra que dijese le iba a poder dar el consuelo que él necesitaba. Trataba de ser aséptica con la situación, sabía que no debía involucrarse; pero no quería tomar tanta distancia como para resultar tan fría como las luces blanquecinas que les iluminaban en aquel lugar. Y sobretodo no quería causarle falsas expectativas mintiéndole.
—Matías, yo estaré aquí hasta las dos de la mañana. Le prometo que si el avión está arreglado antes de que acabe mi turno, yo misma le llamaré para darle la buena noticia—. Cogió su mano entre las suyas y le susurró algo más mientras él la miraba con los ojos empañados— Deseo de veras poder darle la noticia personalmente. Ya verá cómo va a ser un viaje lleno de ilusiones.
El hombre le besó el dorso de la mano, ya agotado, la miró y, cabizbajo, se dio la vuelta para seguir al grupo que ya esperaba en el autobús.
A las diez de la noche todavía no se había producido esa llamada de solución al problema, pero Diana se había quedado con la soledad de la expresión de Matías acompañándola en su turno. Era su hora de la cena de Nochebuena y, con su ticket en la mano para el restaurante del aeropuerto, aprovechó para hacer una llamada mientras esperaba la vez :
—Mamá, soy yo…
—…
—Sí, yo voy a cenar ahora también —…—No, mis compañeros vienen un poco más tarde, porque hay algo de jaleo todavía por aquí… No creo que lleguen antes de que yo haya terminado.
—…
—Bueno, pero esto es así. Ya lo sabes… Mañana sí podré estar con vosotros… ¡Guardádme algún langostino! —sonreía con tristeza, y los ojos se le humedecieron mientras escuchaba— …Sí, yo también… Bueno, te dejo que ya me toca pedir la cena, mamá. ¡Dales besitos a todos de mi parte y pasad una cena tranquilita! ¡Os echaré de menos! Ciao, ciao…
A las dos acabó su turno. No hubo noticias para Matías. Le hubiera gustado llamarle al hotel para haberse disculpado al menos. Pero sabía que así sólo conseguiría remover la angustia del pobre hombre, recordarle que, finalmente, había pasado la Nochebuena sólo en el hotel… Al final, Diana no logró su objetivo, se estaba llevando el recuerdo de aquella tristeza a casa.

Cuando llegó, en la soledad de su salón iluminado con luces de colores, abrió una botella de champán y sirvió dos copas.
—Feliz Navidad, Matías—. Mientras brindaba con el aire. Puso la tele, se acurrucó en el sofá y se quedó dormida, mecida entre los recopilatorios navideños televisivos que aún cantaban villancicos a esas horas.

Tania A. Alcusón
FELICES FIESTAS A TODAS LAS PERSONAS QUE DEBEN TRABAJAR PARA QUE LOS DEMÁS LLEGUEN HASTA LOS SUYOS.

Dedicado a mis compañeros de Madrid-Barajas. ¡Sois lo mejor que tiene la empresa, y no lo sabe! 

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Publicado por en 30 diciembre, 2012 en escenas, social

 

JUSTICIA DIVINA

No podría haber esperado otro final para el señor Ramón. Nuestro vecino de abajo.
Siempre con sus quejas sobre el ruido en la comunidad, sobre las obras del edificio de enfrente, sobre los gatos del patio, sobre los niños que juegan en el parque de abajo… A los vecinos nos tiene mareados con sus manías, y siempre que hay reunión de comunidad nos sorprende con alguna nueva extravagancia fruto de la soledad. Y como nuestro pequeño lleva en casa sólo dos meses, con todo lo que eso conlleva a nivel de molestias, hemos tomado la determinación de hacernos los despistados si le vemos por el pasillo, por si nos viene con quejas del chiquitín. No queremos más encontronazos con él.
Desde que su mujer murió hace siete años, el señor Ramón, se ha ido metiendo cada vez más en su mundo de rarezas y cada vez es más difícil encontrarle de buen humor. Antes no era así. Era un vecino normal que hacía su vida normal. Tampoco hablaba con todo el mundo (su mujer sí nos conocía a todos por nuestro nombre), pero desde luego, una sonrisa educada siempre acompañaba algún gesto cortés. Quizás suene a tópico, pero actualmente sus hijos apenas lo visitan un ratito cada varios meses. Da más la sensación de que vienen a pasar revista y ver cómo está la casa, y que no le hacen mucho caso a él. A nosotros nos da pena porque las últimas veces, cuando se han ido, hemos oído llorar al pobre durante un rato y lamentarse entre sollozos. Pero luego, en el día a día, sigue siendo un témpano borde y desagradable.
Hace año y pico, mi mujer se ofreció a acompañarle al Hogar de Jubilado que tenemos en el barrio para que hiciera amistades, pero él, ofendidísimo, le dijo que no se metiera donde nadie la había llamado y que lo dejara en paz. No se lo dijo de buenas maneras, ni con esas palabras, y durante un tiempo, cuando mi mujer o yo nos cruzábamos con él, mascullaba en voz baja y refunfuñaba… Así que dejamos de comportarnos como vecinos, y secos “hola” o “adiós” han sido suficientes durante todo este tiempo. En ningún momento hemos querido ahondar más en sus miserias.
Así que hace un par de semanas, en la cena de Navidad con mi suegra en casa, cuando escuchamos aquellos golpes atronadores subiendo por las cañerías, la verdad es que nos asustamos bastante. Sabíamos que el señor Ramón estaba en casa porque las luces estaban encendidas, pero nos habíamos fijado en el cartel de la puerta de su casa del bajo, claramente antinavideño, de “No molestar, hay gente que quiere descansar en Paz” y supusimos que estaría sólo allí. Bajamos corriendo a ver qué ocurría, y en su puerta coincidimos con varios vecinos que habían escuchado un golpe también desde el patio interior.
Resulta que el señor Ramón se había quemado con el fogón de la cocina, y al retirar la mano con el sobresalto, la sartén que tenía al fuego le cayó encima de la pierna y le abrasó. Tuvo los reflejos, según me contó luego, de armar jaleo contra las tuberías para llamar la atención, pero al poco se desmayó por el dolor y por eso ni se enteró de que estábamos todos allí llamándole y timbrando insistentes en su puerta. Mientras esperábamos arremolinados en su puerta a que policía y bomberos abrieran e imaginando lo peor, algunos vecinos quedamos en que había que hacer algo con -por- él. Y fui yo el que le acompañó hasta el hospital en la ambulancia para que no fuera sólo. Luego volveríamos a casa, a terminar la cena, o ya los postres, con tranquilidad. Si él quería.
Allí, en la sala de espera, me confesó con la voz entrecortada y los ojos brillantes que se sentía muy sólo y que le daba miedo. Que echaba de menos a Paquita y que sabía que no podía contar con sus hijos, que ellos ya tenían sus vidas, me decía
¡Qué lástima me dio escucharle, así, tan vulnerable! Y mientras le atendían, me quedé fuera y aproveché para llamar a mi madre, que estaba con mi familia en Bilbao en pleno sarao, y me dio la idea de lo que podíamos hacer con él. Allí mismo pedí cita con la trabajadora social para que nos informara de mi plan…
Ahora veo que el señor Ramón, gracias a Pepe, el universitario de la facultad de medicina que va a ir vivir con él el semestre que viene, se siente acompañado y ya no está de tan mal humor. Han tenido varias entrevistas para ver su compatibilidad en la convivencia, y el señor Ramón habla con orgullo de ese chaval al que acaba de conocer. Aquella noche, cuando hablamos con la trabajadora social del hospital, nos dijo las puertas que debíamos tocar y puso en marcha el protocolo necesario.
Mi mujer, por su cuenta, avisa al hombre cada vez que baja con el nene al parque, y he visto cómo él baja la mirada avergonzado cada vez que ella se le engancha con fuerza al brazo mientras le pone el carrito en las manos, orgullosa.
Es curiosa esta justicia que rige el mundo.
Fin
“La crueldad es humana, 

la compasión, divina”

Hay personas como Pepe, que viviendo fuera de sus ciudades, se ofrecen voluntarias por diferentes motivaciones, a convivir con los mayores. Y hay mayores como el señor Ramón, que con valentía admiten que necesitan compañía, también por diferentes razones.

En la actualidad varias universidades españolas tienen vigente este tipo de proyectos que funcionan con éxito para jóvenes y ancianos que viven y conviven en paz, acompañados y compartiendo sus mundos.

Tania A. Alcusón
 
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Publicado por en 28 diciembre, 2012 en escenas, social

 

ESPERANZA

     Caía el sol en el paseo marítimo. Al tiempo que una brisa ligera comenzaba a refrescar, Inés se echó el chal sobre los hombros descubiertos. Hacía varios años que no disfrutaba de la feria como lo había hecho antaño: un algodón dulce en una mano y un marido sonriente en la otra. Hoy podían parar en cada puesto ambulante para asombrarse con los objetos que había a la venta. O probarse sombreros para, finalmente, no elegir ninguno. O jugar a sortear a los niños que venían corriendo de frente en grupos de tres o cuatro… Podían hacer lo que quisieran porque ya no eran reconocidos por nadie.
La que en otro tiempo era conocida nacionalmente como “La Musa” por sus grandes papeles en la escena del espectáculo, resultaba ser ahora una mujer normal. Bastante atractiva y muy bien conservada para su edad, ya que después de su último papel hacía diez o doce años, se retocó un poco el pecho y se hizo un lifting facial. Siempre había trabajado duro por mantener su físico impecable, pero después de aquel último papel recibió varias críticas a su edad, a algunas arrugas, a algunas partes descolgadas… y aquello fue su sentencia final. Desde aquellos comentarios, e incluso sabiéndose públicamente que ya había pasado por quirófano, no le volvieron a ofrecer ningún papel principal. Y, por otro lado, su ego le impedía aceptar secundarios. ¡Ella era La Musa! No debía rebajarse aún porque podría perder su caché, y quizás todavía hubiese alguna posibilidad de reaparecer en el panorama.
    La feria era una fiesta para los sentidos. Todo estaba bañado en vivos colores, inundado en la luminosidad que desprendían pequeñas bombillas que saturaban las atracciones y los altillos de los puestos; el suelo retumbaba porque todo era muy ruidoso y los olores podían llegar a embriagar. Los vendedores gritaban su mercancía buscando curiosos que se acercasen a mirar. Los puestos de comida chistaban con sus freidoras industriales y desprendían hedor a fritanga. Y grandes máquinas, cargadas de pasajeros intrépidos y gritones, movían sus goznes al son que marcaba el feriante animador del paseo.
Había tanto bullicio que “La guarida del mago”, un pequeño tenderete improvisado con grandes telas oscuras y dos pequeños farolillos, quedaba disimulado entre la arboleda al borde del camino. De hecho, no se hubieran fijado en él si no fuera porque un joven mago, que en ese momento se encontraba en la puerta haciendo juegos con unos naipes en solitario, levantó la mirada y se encontró con la de Inés. Surgieron chispas de esa mirada; decía todo y nada sobre él y desvelaba el futuro que ella, desconcertada por la situación, deseaba descubrir.
— ¡Pasemos dentro, Pedro! ¡Venga, vamos a ver qué nos depara el futuro!
—Vamos Inés, ¡que no somos unos críos! Sigamos hasta el muelle y luego nos volvemos a casa… Hoy preparo yo la cena, ¿qué te parece?
— ¡Ay, no intentes despistarme! De verdad, Pedro. Quiero entrar.
—Ya sabes que a mí estas cosas no me gustan, cariño. Si quieres entrar, pues adelante, pero yo te espero en esa terraza de ahí enfrente con una cerveza. ¡No te dejes engatusar!
 
 
 
    El joven mago había entrado ya, y nerviosa, Inés, se adentró detrás de él. No tenía muy claro qué andaba buscando, pero sabía que ese chico la iba a ayudar a encontrarlo, fuera lo que fuese.
—No se deje impresionar por mi humilde puesto, señora, y tome asiento, por favor. Ambos sabemos que tengo las respuestas que usted anda buscando.
—Dime chico, ¿tan claro lo has visto?—Estaba sorprendida. Sólo podía mirar a los ojos de ese joven, la verdad es que no le interesaba mirar nada más. Sabía que las respuestas estaban ahí, tras las pintitas verdes de su iris. Pero aún desconocía las preguntas.
—Sí. Anda usted con la mirada perdida. Busca algo que no encuentra, o lo anhela. Quizás ya fue suyo alguna vez…
— ¡Intrigas! Eso es fácil de acertar… ¿Quién no anda buscando algo en la vida? Muéstrame lo que puedes averiguar de mí y déjame ir. Mi marido me está esperando fuera.
—De acuerdo, de acuerdo. Debe saber que apoyo mis intuiciones con varios métodos, pero mis grandes aliados son las cartas y la bola de cristal—. Explicaba mientras destapaba una gran bola de cuarzo sobre la mesa y acariciaba sus cartas medio desdibujadas. —Ahora mismo, actualmente, lo que puedo ver es una gran decepción. Usted no es feliz—. De repente, bajó la mirada hacia la bola y entornó los ojos. —La veo haciendo aspavientos exagerados en una habitación. Parece una sala de estar. Se mira en un espejo y hace muecas: ahora sonríe, ahora llora, ahora se enfada. Baila sola en la estancia. Luego para, se sienta en un sillón y se cubre la cara con las manos. Llora de verdad. No es feliz.
Los ojos de Inés se cargaron de lágrimas que no llegó a derramar por el momento.
—La veo a usted mirando el buzón todos los días, conectándose a su correo electrónico y mirando continuamente su teléfono… Espera noticias de alguien. O que suceda algo.
—No sé qué más puedo hacer. He tocado todas las puertas, he llamado a todos los teléfonos, ha hablado con todos los contactos… y nadie me valora ya—. Inés sollozaba. No se daba cuenta que no era al mago al que hablaba, sino a sí misma.
El mago lanzó cinco cartas en la mesa en una disposición conocida para él, y siguió interpretando:
—Señora, usted ha sido una inspiración para muchos. En el pasado ha sido una mujer llena de éxito y muy dichosa. Ha hecho feliz a mucha gente y gracias a usted, salieron adelante proyectos de varias personas a las que luego ha hecho ricas. La veo en un trabajo de cara al público, en el que usted se entregaba al completo. Era muy apreciada en lo que hacía.
—Sí, esa era yo. “La Musa” me llamaban—. Inés seguía sollozando perdida en sus recuerdos.
     De repente, el chico frunció el ceño mientras seguía leyendo sus cartas. Rápido se giró hacia la bola, y más despacio se volvió hacia las cartas de nuevo. Subió la mirada al techo, como recordando algo, y volvió a bajarla hacia las cartas. Y otra vez hacia la bola. Parecía que algo no le cuadraba. Estalló en carcajadas.
—No se ponga triste, señora. ¡La misma dicha que tuvo en su pasado aparece de nuevo en su futuro! ¡Es estupendo! ¡Qué destino tan curioso tiene usted! La veo siendo una nueva inspiración para otros muchos. Gente que ríe con usted y a los que hace felices. La veo entregada a su público, y a un público entregado a usted—. El mago sonreía con sorna —. Lo más increíble es la bola roja, tan perfectamente marcada, que aparece en su nariz mientras actúa para los ancianos… ¡Usted volverá a ser feliz de nuevo!
     Inés no daba crédito a lo que oía, ni a las risotadas del chico. Se le veía completamente orgulloso de su interpretación, pero incluso a él se le hacía extraño el resultado. ¿Sería posible? ¿Terminaría haciendo sus papeles para unos ancianos? Nunca se lo hubiese planteado siquiera. ¿Para ancianos? Pero el hecho de imaginarlo pareció calmar su alma. De repente se sentía en paz. La querrían de nuevo ¡claro que si! No los de siempre, sino un público que se entregaría a ella una y otra vez…
Tras un silencio incómodo, el mago se dirigió a ella nuevamente:
—Ahora, señora, me puede dar usted la voluntad. Aunque con esa sonrisa que porta y el saber del trabajo bien hecho, ¡me doy por satisfecho!—Profirió el joven, orgulloso.
— ¡Jajaja! No eres mal chico. Me has devuelto la sonrisa, y la esperanza en mi futuro —decía Inés mientras sacaba un talonario del bolso— Esto es sólo una muestra de mi gratitud. ¡Nunca podré pagarte lo suficiente! Y creo que tú nunca entenderás por qué.
 

Y salió de allí con la cabeza bien alta.

Tania A. Alcusón
 
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Publicado por en 18 julio, 2012 en escenas, social