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HORA DE SUEÑOS

Todos los años la vida se robaba una hora de sueños. Lo hacía de una manera tan sutil que nadie volvía a reclamarla más. Una hora que no era. Una hora que nunca estaba. Con ella se iban anhelos y deseos que ya no serían formulados ni servirían para aliviar la incertidumbre de las existencias sin esperanza.Pero la última vez, en medio de la noche a esa hora tan misteriosa como irreal, una pequeña victoria tuvo lugar: una niña pequeña despertó a su madre con sollozos adormilados para hacerla consciente de lo que se iba. “¡No, mamá! ¡No quiero! ¡¡Es mío!!” Repetía susurrando en su inconsciencia. Y su madre, desconcertada y sin entender todavía, con un respingo y como acto reflejo la abrazó y le dió un beso en la frente. La pequeña calló al instante con un suspiro profundo mientras su mamá se encogía en un ovillo con los ojos bien abiertos ya en su desvelo. Estaba viendo esos sueños esfumarse como humo. Diluirse en la habitación siendo nada. Podía olerlos con impotencia en su desesperación por atraparlos.

Y, en algún momento entre las dos que eran las tres, y la individualidad perdida de esa madre, la niña le pasó un brazo bajo el cuello y acariciándole la cara en la oscuridad le dijo al oído mientras se perdía en su propia fantasía: “ya, mamá…”

La hora que no existía había pasado y nuevas ambiciones volverían a formarse de nuevo. Siempre lo hacían.

 

 
 

¡DARÍA MIS OJOS POR ÉL! (Homenaje al autor E.T.A. Hoffmann)

“Estimado señor, le envío esta misiva porque es mi deber informarle de que tras unos meses sin mejoría, su esposa Dora adolece de un tremendo mal en su psique. Relata cosas sin sentido y vive atemorizada de manera permanente por algo que la perturba en los quehaceres como madre de su precioso bebé. Por ello, siendo usted como un hijo para mí, y por su propia tranquilidad, le insto a que regrese cuanto antes a su hogar.
A sabiendas de la importante labor patriótica que usted está desempeñando en nuestra guerra como capitán general sólo deseo que estas palabras no perturben su actuación por la salvación de nuestra Alemania de una manera precipitada.
Espero sus noticias y su pronta visita para hacerse cargo de la situación. Afectuosamente, Nanny”

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Cualquier situación concerniente a Hilfred, su primogénito, requería de su atención inmediata. Así pues, Theodor partió a casa obedeciendo a su espíritu alarmado como un esclavo sin voluntad. Sin pensar en  consecuencias.
Al llegar, tras varios días de viaje, todo se mantenía igual a simple vista, pero un aire siniestro envolvía a su esposa de pie, inmóvil, que sostenía al pequeño en sus brazos mientras le miraba fría y sin ilusión. La sirvienta corrió a darle la bienvenida con los brazos abiertos, y cuando llegó a él le tomó de las manos con lágrimas en los ojos y le susurró: “¡Está peor! El doctor quiere aplicarle unas sanguijuelas y practicar una sangría. Por favor, trate de que se ponga bien y acepte las medicaciones alternativas. ¡Ella no sabe que está enferma y el bebé está sufriendo por sus males!”. Theodor no sabía qué pensar, parecía una advertencia a lo que había de venir. Cuando se acercó a su preciosa Dora para abrazarla, todavía desconcertado, ella dio media vuelta dejándolo sumido en más dudas si cabía. “¡Al menos déjame ver a nuestro hijo, Dora! Estoy aquí para ayudarte a salir de este mal momento. Lo conseguiremos juntos, amor mío, déjame entender qué te ocurre…” Silencio. Ella siguió su camino. Sólo alcanzó a ver, entre sus brazos de piel blanca e impoluta, el cuerpo arropado y la cabeza envuelta entre gasas de su retoño mientras ella le besaba en la frente sin frenar su camino.
La siguió hasta su dormitorio donde cerró la puerta con la llave.
—¡Dora, háblame! ¿Por qué no permites que yo también acune a nuestro bebé? ¡Déjame verlo! He pasado muchos días de viaje para estar en casa y cuidar de vosotros de nuevo. Dime qué es lo que tiene alarmados a todos y que sólo tú temes.
—Tú no lo entiendes. ¡Nadie! Y digo nadie, puede sentir lo mismo que yo siento por mi bebé. ¡Si fuese necesario yo daría mis ojos por él! No sé dónde se esconde el hombre de arena, ni quién de vosotros puede querer hacerle daño a mi tesoro. Pero no voy a permitir que nadie más pueda ser una amenaza para él, querido esposo, ni siquiera tú…
—¡¿Pero qué dices?! ¿Quién es ese hombre de arena? Dora, nadie quiere hacerle daño al bebé, pero con tu actitud resultas peligrosa para Hilfred… No te reconozco.
Theodor se acercaba por la espalda para intentar abrazarla, pero ella consiguió zafarse de sus manos y con un ademán de tristeza lo invitó a salir.
—Esta noche, en la cena, dejaré que lo tomes en tus brazos bajo mi atenta mirada. No antes. Ahora déjanos descansar.

 

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No quiso Dora contarle a su marido que hacía unos meses, cuando trataba de calmar al bebé de una llantina mientras daba un paseo con él al atardecer, una serpiente escondida tras un árbol le contó una historia oscura sobre un hombre diabólico. El animal hablaba de él como un hombre horrible a la vista, de boca torcida y dedos huesudos hasta el punto de la repugnancia. El hombre de la arena. Un ser horrible que venía por las noches cuando los niños y los bebés no querían dormir. Ese monstruo lanzaba puñados de arena sobre la cara de los chiquillos hasta que les dejaba los ojos sanguinolentos. Tanto se rascaban que hasta lloraban sangre por el dolor y se restregaban los ojitos, que en ocasiones se les caían y él se los llevaba para echárselos de comer a sus pájaros. ¡Era una historia horrible!
Pero no, ella no iba a permitir que ningún hombre malo se acercase a su bebé. Si bien es cierto que Hilfred es un niño al que a veces ni siquiera Nanny consigue consolar, ella debía mantenerse atenta porque era su hijo ya que su marido no los podría proteger mientras estuviese en la guerra. Desde entonces, cuando nadie podía verla, dejaba a su hijo escondido entre mantas dentro de su armario de nogal para cambiarlo por un muñeco de trapo que su madre le regaló cuando era niña. Por si acaso apareciese el hombre malo, lo paseaba en sus brazos como si fuese su hijo verdadero. Lo alimentaba, le cambiaba la ropa e incluso lo besaba y abrazaba como haría con su propio hijo. Sólo esperaba que Dios la perdonase, porque ella ya se encontraba enterrada en vida por su conciencia, siendo ésta la única manera de proteger a su retoño.

—Cuéntame Nanny, ¿cómo empezó todo?
—No lo se muy bien, señor. Discúlpeme, lo siento mucho —sollozaba con un pañuelo entre las manos—. Si no recuerdo mal, fue hace unos meses cuando paseábamos al atardecer por la vereda junto al Zwinger Schloss. El bebé se puso a llorar desconsolado y no acertábamos a saber qué le ocurría. Tras un árbol una mujer de tez aceituna, con un extraño acento siseante, nos urgió a que le hiciéramos callar. Sería una comerciante de paso por la ciudad… Nos amenazó entre risotadas macabras con llamar a un tal hombre de la arena, y nos aseguró que le sacaría los ojos al pequeño Hilfred si no era capaz de cerrarlos él solo. Fue una situación muy desagradable. Y después de aquello ya nada volvió a ser igual con Dora y su bebé…

Tania A. Alcusón

Este relato es mi homenaje particular al autor clásico de terror E.T.A. Hoffmann, y está publicado en el número 9 de la revista cultural El ballet de las palabras dedicado a Poe y al terror en general. La ilustración principal, maravillosa, que acompaña el relato es obra de la artista Maria Esther Gomez García, autora del blog y página de facebook De hadas y gamusinos

 
 

CIENTO DOS PASOS

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Era la primera vez que paseábamos juntos. De la mano, con paso rápido mientras el sol brillaba. Tú mirabas al frente, un poco asustado, pero dejándote llevar. Mientras tanto, el silencio se imponía incómodo entre nosotros como un muro, aunque una sonrisa satisfecha en mi cara mientras te acariciaba parecía indicar que todavía teníamos remedio.

El viaje no había hecho más que comenzar.

Hasta ahora solo habíamos tenido un par de visitas supervisadas en una habitación de juegos, pero desde el principio me di cuenta de cómo tus ojos tristes se llenaban de luz mientras hablábamos sentados en el suelo y me observabas. Yo te había elegido como hijo y, al parecer, tú también tenías tus preferencias. Todo estaba de nuestra parte, hasta la administración oficial con su consentimiento.

¡Por fin vendrías a casa conmigo! Pero apenas nos conocíamos entonces… En ciento dos pasos conseguí tu sonrisa. Y desde entonces, no te ha abandonado.

Tania A. Alcusón

 
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Publicado por en 3 junio, 2015 en cartas, infantil, microrrelato

 

¡CORRE A POR LAS NAVIDADES FUTURAS!

El frío de esta mañana de Navidad corta mis labios desde primera hora, pero la emoción de verte traspasar la meta, con la gloria de haber finalizado, no se entumece ante las inclemencias. Es tanto el esfuerzo solitario que realizas en cada entrenamiento que acepto, sin condiciones, la deuda de seguir esperándote cuando decides salir a medirte contigo mismo. 
Incluso en un día como hoy, te atas las zapatillas y te colocas el pantalón corto con una sonrisa mientras me escuchas a cada momento sostener lo loco que estás. 
Salimos de casa cuando todos duermen aún y sueñan con los regalos que Papá Noel les ha dejado en el árbol. La música nos acompaña en el coche y, mientras, conduces concentrado pensando en tus estrategias y yo tarareo lo que voy escuchando. 
A menudo me cuesta entender tu necesidad de salir a correr en la que no importa la lluvia, el frío, la hora que sea o tu propio descanso. Has intentado explicarlo muchas veces, pero la frustración de no hacerte entender te hace callar en demasiadas ocasiones. 
Como el soldado hemerodromo que debe atravesar largas distancias a pie para entregar un mensaje a las tropas en batalla, ofreces parte de tu tiempo a una causa desconocida desde este lado de tu conciencia, pero admirable desde cualquier punto de vista. Y es eso mismo lo que me hace envidiar tu fuerza de voluntad, tan fuerte es lo que te aporta, a pesar de la incomprensión de muchos cada vez que planificas con pasión tus metas personales.
 
Pero ahora, con el orgullo de saber que volverás a vencerte a ti mismo en esta carrera, sé que lo que te impulsa a seguir hoy es esa ilusión de seguir superándote en cada salida, de finalizar el camino y de poder hacer llegar también tu mensaje. 
Y sé que este legado de amor por la naturaleza y superar los propios límites que quieres transmitir sólo es una pequeña parte de todas las enseñanzas de vida que darás a la destinataria de tu testigo, esa que aún está en camino y que será lo más importante de tu vida. El año que viene también ella estará esperándote al final conmigo, porque tu llegada será la suya y pasará la línea de meta en tus brazos. 
 
¡Corre a por las navidades futuras! Nada volverá a ser igual a partir de entonces.


Tania A.Alcusón
 
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Publicado por en 26 diciembre, 2013 en cartas, infantil, reflexiones

 

ZAPATOS NUEVOS

Llegó el momento, su primer día. El niño pequeño que antaño llevó en sus entrañas, de noble familia en aquellas tierras, recibiría su primera tutoría en palacio. Habían elegido para su vástago al mejor de los mentores de la región y ahora se preparaban para darle un recibimiento por todo lo alto.
La duquesa, pendiente de todo, daba vueltas al pequeño cogiéndolo de los hombros e imaginando el atuendo apropiado para la ocasión. Mientras, el niño daba saltitos de un pie a otro, no para a quieto en el mismo sitio, se escurría de las manos de su madre y se preguntaba en secreto la importancia de aquel día. Ahora probaban el traje, ahora le aplicaban un ungüento pegajoso en el pelo, ahora abrillantaban sus nuevos zapatos…

Cuando el tutor llegó al palacete con su traje negro, tan sobrio, no defraudó a la duquesa, que le esperaba ansiosa. Erguido como una tabla, tras los saludos iniciales a los padres, paseó su mirada por la estancia, con curiosidad pero con clase, hasta que encontró al pequeño Nicolás jugando tras uno de los sillones.
Se dirigió a él con aire imponente y frente a él ya le quiso saludar como a un hombre. Le extendió su mano…
El niño se puso en pie, y mirándole con curiosidad le dijo: “Hola señor! Por qué tengo que ponerme zapatos nuevos para leer los libros viejos?”

Y con aire desenfadado, sonriendo, agachó su cabeza para que quedase a la altura de la mano del tutor, que desconcertado, no pudo por menos que darle unas palmaditas.

Tania A. Alcusón

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Publicado por en 22 marzo, 2012 en infantil, microrrelato

 

CAMBIOS

 
 
 
     Mi hermana Gabriela está rara. Todos lo saben y hablan entre ellos: mis papás a los tíos y a las yayas, sus profes a mis papás, y hasta sus amigas cuando vienen a casa a hacer fiesta de pijamas. Está distinta.
Todo el tiempo quiere estar sola y se encierra en su habitación con la música súper alta. Se enfada siempre con nosotros, por cosas que hacemos y también por cosas que no hacemos: si mamá hace la cena, se enfada porque no es la que le gusta a ella, y si no llega a su clase de baile, se enfada con papá porque no la llevó con el coche. 
¡Yo no la entiendo! Grita y llora como si fuera una niña pequeña. Como un bebé. Yo sólo tengo seis años, pero yo ya no lloro cuando pido juguetes a mamá.
 
     El otro día, cuando estábamos en casa de los tíos de Segovia, mi papá le dijo a mi primo Luis que Gabriela tiene un pavo. ¡Tiene un pavo! Ahora resulta que Gabi puede tener un pavo y a mí no me dejan tener un gatito, ¡qué morro! ¿Y dónde lo tiene? ¡Si en su habitación está toda la ropa tirada y sólo tiene peluches!!
Esa tarde, Gabi pasó todo el rato con la prima Ana. Sólo cuchicheaban y se reían todo el tiempo mientras miraban al primo Luis. El primo las  miraba y se reía con papá. Y yo, que me preguntaba qué era tan divertido y por qué nadie me lo contaba, fui a la cocina y escuché a mamá decirle a la tía que Gabi ya era mujer. Aunque yo la veía igual que siempre: no llevaba faldas cortitas ni tacones porque mamá no la dejaba, ni tampoco podía pintarse los labios. ¡Era la misma!
 
     Entonces, Gabriela, desde el comedor empezó a gritar como si estuviese loca, correteando de un lado a otro y llamando a mamá. Cuando me asomé para ver qué pasaba, la prima Ana estaba tronchada de la risa y la señalaba con el dedo. Mientras, papá se fue a la cocina y le dijo a mamá que Gabi estaba mala y que se había manchado un poquito el pantalón. Pero que no pasaba nada, que no se asustase.
Gabi seguía chillando, se fue corriendo al baño y se encerró allí. Entonces mamá cogió su bolso y se fue al baño con ella. Yo me quedé cerca, apoyada en la pared del pasillo, por si Gabi necesitaba un vaso de agua, y por si veía de lejos la mancha de su pantalón o con qué se había manchado. Como tenían la puerta cerrada no pude oír muy bien, sólo algo como que Gabi se quitara las braguitas y se lavara el culete. ¡Jajaja! Yo creo que se había hecho caca encima y por eso se puso así, por la vergüenza. Y que por eso también se reía la prima Ana. Y mi madre diciendo que ya era una mujer…
 
     Cuando salieron del baño miré mucho sus pantalones mientras me apoyaba en la pared, pero no vi ninguna mancha cuando se iban hacia el comedor. Mamá le dijo algo al oído y Gabi se volvió. Me pilló mirándolas y puso cara de enfadada. Entonces volvió al baño, y al pasar a mi lado con un paquetito en la mano, como yo estaba en el medio, me empujó contra la pared y me dijo la muy chula: 
-¡Quita niña! ¡Cuando seas mujer, ya sabrás lo que es esto!
 
Tania A. Alcusón

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Publicado por en 19 mayo, 2011 en escenas, infantil