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¡DARÍA MIS OJOS POR ÉL! (Homenaje al autor E.T.A. Hoffmann)

11 Ene

“Estimado señor, le envío esta misiva porque es mi deber informarle de que tras unos meses sin mejoría, su esposa Dora adolece de un tremendo mal en su psique. Relata cosas sin sentido y vive atemorizada de manera permanente por algo que la perturba en los quehaceres como madre de su precioso bebé. Por ello, siendo usted como un hijo para mí, y por su propia tranquilidad, le insto a que regrese cuanto antes a su hogar.
A sabiendas de la importante labor patriótica que usted está desempeñando en nuestra guerra como capitán general sólo deseo que estas palabras no perturben su actuación por la salvación de nuestra Alemania de una manera precipitada.
Espero sus noticias y su pronta visita para hacerse cargo de la situación. Afectuosamente, Nanny”

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Cualquier situación concerniente a Hilfred, su primogénito, requería de su atención inmediata. Así pues, Theodor partió a casa obedeciendo a su espíritu alarmado como un esclavo sin voluntad. Sin pensar en  consecuencias.
Al llegar, tras varios días de viaje, todo se mantenía igual a simple vista, pero un aire siniestro envolvía a su esposa de pie, inmóvil, que sostenía al pequeño en sus brazos mientras le miraba fría y sin ilusión. La sirvienta corrió a darle la bienvenida con los brazos abiertos, y cuando llegó a él le tomó de las manos con lágrimas en los ojos y le susurró: “¡Está peor! El doctor quiere aplicarle unas sanguijuelas y practicar una sangría. Por favor, trate de que se ponga bien y acepte las medicaciones alternativas. ¡Ella no sabe que está enferma y el bebé está sufriendo por sus males!”. Theodor no sabía qué pensar, parecía una advertencia a lo que había de venir. Cuando se acercó a su preciosa Dora para abrazarla, todavía desconcertado, ella dio media vuelta dejándolo sumido en más dudas si cabía. “¡Al menos déjame ver a nuestro hijo, Dora! Estoy aquí para ayudarte a salir de este mal momento. Lo conseguiremos juntos, amor mío, déjame entender qué te ocurre…” Silencio. Ella siguió su camino. Sólo alcanzó a ver, entre sus brazos de piel blanca e impoluta, el cuerpo arropado y la cabeza envuelta entre gasas de su retoño mientras ella le besaba en la frente sin frenar su camino.
La siguió hasta su dormitorio donde cerró la puerta con la llave.
—¡Dora, háblame! ¿Por qué no permites que yo también acune a nuestro bebé? ¡Déjame verlo! He pasado muchos días de viaje para estar en casa y cuidar de vosotros de nuevo. Dime qué es lo que tiene alarmados a todos y que sólo tú temes.
—Tú no lo entiendes. ¡Nadie! Y digo nadie, puede sentir lo mismo que yo siento por mi bebé. ¡Si fuese necesario yo daría mis ojos por él! No sé dónde se esconde el hombre de arena, ni quién de vosotros puede querer hacerle daño a mi tesoro. Pero no voy a permitir que nadie más pueda ser una amenaza para él, querido esposo, ni siquiera tú…
—¡¿Pero qué dices?! ¿Quién es ese hombre de arena? Dora, nadie quiere hacerle daño al bebé, pero con tu actitud resultas peligrosa para Hilfred… No te reconozco.
Theodor se acercaba por la espalda para intentar abrazarla, pero ella consiguió zafarse de sus manos y con un ademán de tristeza lo invitó a salir.
—Esta noche, en la cena, dejaré que lo tomes en tus brazos bajo mi atenta mirada. No antes. Ahora déjanos descansar.

 

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No quiso Dora contarle a su marido que hacía unos meses, cuando trataba de calmar al bebé de una llantina mientras daba un paseo con él al atardecer, una serpiente escondida tras un árbol le contó una historia oscura sobre un hombre diabólico. El animal hablaba de él como un hombre horrible a la vista, de boca torcida y dedos huesudos hasta el punto de la repugnancia. El hombre de la arena. Un ser horrible que venía por las noches cuando los niños y los bebés no querían dormir. Ese monstruo lanzaba puñados de arena sobre la cara de los chiquillos hasta que les dejaba los ojos sanguinolentos. Tanto se rascaban que hasta lloraban sangre por el dolor y se restregaban los ojitos, que en ocasiones se les caían y él se los llevaba para echárselos de comer a sus pájaros. ¡Era una historia horrible!
Pero no, ella no iba a permitir que ningún hombre malo se acercase a su bebé. Si bien es cierto que Hilfred es un niño al que a veces ni siquiera Nanny consigue consolar, ella debía mantenerse atenta porque era su hijo ya que su marido no los podría proteger mientras estuviese en la guerra. Desde entonces, cuando nadie podía verla, dejaba a su hijo escondido entre mantas dentro de su armario de nogal para cambiarlo por un muñeco de trapo que su madre le regaló cuando era niña. Por si acaso apareciese el hombre malo, lo paseaba en sus brazos como si fuese su hijo verdadero. Lo alimentaba, le cambiaba la ropa e incluso lo besaba y abrazaba como haría con su propio hijo. Sólo esperaba que Dios la perdonase, porque ella ya se encontraba enterrada en vida por su conciencia, siendo ésta la única manera de proteger a su retoño.

—Cuéntame Nanny, ¿cómo empezó todo?
—No lo se muy bien, señor. Discúlpeme, lo siento mucho —sollozaba con un pañuelo entre las manos—. Si no recuerdo mal, fue hace unos meses cuando paseábamos al atardecer por la vereda junto al Zwinger Schloss. El bebé se puso a llorar desconsolado y no acertábamos a saber qué le ocurría. Tras un árbol una mujer de tez aceituna, con un extraño acento siseante, nos urgió a que le hiciéramos callar. Sería una comerciante de paso por la ciudad… Nos amenazó entre risotadas macabras con llamar a un tal hombre de la arena, y nos aseguró que le sacaría los ojos al pequeño Hilfred si no era capaz de cerrarlos él solo. Fue una situación muy desagradable. Y después de aquello ya nada volvió a ser igual con Dora y su bebé…

Tania A. Alcusón

Este relato es mi homenaje particular al autor clásico de terror E.T.A. Hoffmann, y está publicado en el número 9 de la revista cultural El ballet de las palabras dedicado a Poe y al terror en general. La ilustración principal, maravillosa, que acompaña el relato es obra de la artista Maria Esther Gomez García, autora del blog y página de facebook De hadas y gamusinos

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