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Celia… ¡¡Celiaquía!!

24 Nov

Después de dos meses parece que ya van llegando respuestas. Y salud. Y tranquilidad al fin.

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Desde hace unos sesenta días, quizás algo más, mi bajada de peso anecdótica pasó a ser preocupante. Bajaba kilos de manera involuntaria y los comentarios pasaron de ser antes del verano de “vaya tipín que se te está quedando”, a después del verano, “ve al médico porque tienes una mala cara…” o “cuídate, pero ¿estás comiendo bien?”. Claro que, como la de todo el mundo, mi vida no es un camino llano y las propias circunstancias implican un ligero estrés y pérdida de peso cuando las cosas no van como uno quiere. Pero el susto y las primeras visitas médicas comenzaron cuando durante más de una semana el peso no llegaba ni a los 50kg, cosa que con casi 1,70cm y con mis facciones ya angulosas de por sí, resultaba alarmante.
A partir de ahí, sin más datos y con una explicación médica que zanjaba el tema con un cuadro de estrés, que perfectamente se correspondía con una bajada inusual de mi ánimo, todo sonaba de lo más razonable. Se me ofreció retomar medicaciones pero no me pareció necesario, lo consideré todo como una etapa más. Entonces comenzaron las gastroenteritis. Tres en dos meses, ni más ni menos. Ideal para mi peso, para mi ánimo, para mi cansancio y yo, entre tanto, empeñada en darlo todo. Resultaba curioso que, exceptuando la primera en la que los tres habitantes de la casa caímos enfermos, la otras dos sólo fueron cosa mía y, según mi criterio, tan contenta porque sólo consistían en tripa suelta y algún dolor abdominal. La doctora no lo veía tan bien como yo y comenzaron los análisis y las suposiciones.
De la primera gastroenteritis, tras las fiebres y tanto vómito, y aparte de la debilidad generalizada, mi boca también recibió la visita de doscientos mil virus y se llenó de aftas, ampollas y heridas. Y así un mes completo. Con mucho dolor y demasiadas molestias para comer, incluso para dormir. Requirió de otra visita más al médico, yo que nunca voy y si puedo me aguanto con lo que sea hasta que se me pase, ya estoy empezando a familiarizarme con enfermeras, médicos y administración en mi centro de salud.
Y durante todo este tiempo, también dos catarros importantes que me han bajado hasta el pecho. Tampoco es habitual, y junto a las pupas de la boca, hacía que los remedios habituales de gárgaras, o infusiones y cosas calientes no fuesen una opción por el dolor que me suponían. Los ánimos seguían cayendo…
“No vamos a terminar con las visitas hasta que no demos con lo que te pasa” me dijo la doctora en la última visita. Y mira, me resultó tranquilizador que lejos de una apariencia hipocondríaca, el médico también viese una urgencia en lo insólito de mi estado. Pero todo va cobrando ya mucho sentido tras los resultados de los análisis: confirmado que no es ningún problema de tiroides, que todo está correcto (incluso las defensas que creíamos bajas), que hay un principio de anemia (por lo que empezamos a suplementar con hierro) y algo de infección que delata que el cuerpo lucha contra algo. También una velocidad del metabolismo tres veces superior a la habitual que, aunque no es de mayor importancia, indica que el cuerpo está haciendo un trabajo extra por algo que desconocemos.

Entonces la doctora me planteó “¿y si has desarrollado una intolerancia alimentaria? ¿Has oído hablar de la celiaquía?”. Y cada uno de los síntomas que se venían presentando como una individualidad, han cobrado un sentido de unidad que bien podría corresponderse con el cuadro de una enfermedad tan desconocida como extendida: la celiaquía o intolerancia al gluten. Y digo podrían porque los síntomas aún no están nada claros, ya que unos pacientes desarrollan una sintomatología que puede ser contraria a la que otros padecen. Incluso hay enfermos que tienen la enfermedad latente sin presentar apenas molestias.
La enfermedad celíaca consiste en que al ingerirse alimentos con gluten se atrofian las vellosidades del intestino, dando lugar a desórdenes que impiden la absorción correcta de los alimentos. Y esto desemboca en trastornos derivados de falta de nutrientes que afectan a diversos puntos del organismo de manera más inmediata, como podría ser mi caso, y a largo plazo en enfermedades mucho más serias y complicadas del tracto digestivo.
Mi estado de ansiedad y desmotivación por todo, mis úlceras de la boca tan dolorosas, la descomposición tan frecuente de los últimos días, la pérdida de peso tan alarmante, la anemia que me persigue desde que fui mamá e incluso los dolores de cabeza que aparecieron unos meses y que yo justificaba con la lactancia prolongada que mantenemos desde hace veinte meses. Todo parece tener un sentido, una razón de ser, para avisar de que algo va mal. Y gracias a ellos quizás tendré que variar parte de mi dieta y de mis hábitos en general, pero feliz de que al fin vaya habiendo respuestas.

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Aún faltan varias pruebas, entre ellas ecografías abdominales y especialistas de digestivo que tendrán la última palabra, pero sea el resultado que sea, esta situación me ha servido como concienciación ante un problema invisible que afecta a un 6% de la población española con algún tipo de sensibilidad al gluten. Desde luego, si finalmente resulto pertenecer a esa estadística, tengo la suerte de disfrutar entre mis contactos, de personas que podrán y sabrán guiarme en esta nueva perspectiva. Y, por supuesto, hay asociaciones y cientos de artículos para documentarse que bien valen un vistazo. Estoy seleccionando incluso webs de recetas sin gluten, que ayudan a que la comida no sea cara por narices, si no una alternativa a la alimentación que he conocido hasta ahora.

¡Salud para todos!

Tania A. Alcusón

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Publicado por en 24 noviembre, 2015 en reflexiones, social

 

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